Noches de baile

Aunque aún era muy pequeño para entender los misterios de la vida, de alguna manera y gracias a la inteligencia emocional de mamá, viví aquel día de una forma que hizo que nunca lo olvidara, pero que tampoco me marcase.

El sol todavía estaba alto y calentaba cuando aquella mujer apareció en mi casa para recoger a mi padre y llevarlo con ella. Mamá dijo que salían a bailar.

Papá amaba danzar, era lo que más le divertía en el mundo. Mi madre en cambio era feliz sentada en su viejo sillón con un libro en las manos. Él iba a disfrutar muchísimo ese día y esa fue la explicación que recibí. El ambiente era raro y tenso, yo era capaz de notarlo, pero mamá, con gesto sombrío, y lágrimas en los ojos intentaba disimularlo.

Con cansancio en la mirada, se esmeró en planchar el traje de las grandes ocasiones de papá, almidonó su camisa blanca y le dejó perfecto el nudo de la corbata. Por mi parte, quedé encargado de limpiar los zapatos que se ponía los domingos con un pequeño cepillo y escasas fuerzas. En ello debí centrarme y así logré no mirar a mi alrededor.

Cuando salió por la puerta, parecía un actor de cine, iba muy guapo, y sé que nunca olvidaría ese día, ese momento, ni la apariencia de la mujer que lo acompañaba, la odié por llevarse a papá y dejar tanta tristeza en los ojos de mamá.

Quizás lloré, o tal vez fue mi madre la que mojó mi rostro con sus lágrimas, y entre sus brazos logré dormir unas horas de aquel aciago día.

Los dos nos abrazamos esa e infinitas noches más; más él, nunca volvió.

Pasé muchas jornadas en la puerta, hasta que el sol se apagaba, esperando que mi padre apareciera, tan alto, tan grande, tan guapo, que extendiera sus brazos, me abrazara y me lanzara al aire para hacerme reír, como cada día grabado en mi corta memoria.

Ochenta y tres años después, desde la quietud de mi esterilizado entorno, y acompañado tan solo con la banda sonora que formaban los pitidos de una máquina que contaba los latidos de mi vida, abrí los ojos y la volví a ver. «Ella» estaba allí.

Me miraba tras el cristal que daba a mi habitación de aquella UCI de hospital. La misma juventud, el mismo gesto, la misma sonrisa embaucadora.

Entonces comprendí a mi «yo» de cuatro años, y una lágrima rodó lastimera por mi mejilla a la vez que en mi pensamiento me dirigí a ella con toda la rabia acumulada:

 

—Pues no tengo yo hoy muchas ganas de salir a bailar contigo…

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