La marca del resuello

El timbre de la puerta vibró con dos sonidos cortos. Esa era la señal. La contraseña que usaba el maldito diablo despojado de su sotana. Amalia, me lanzó una mirada demoledora, no era necesario que pronunciase palabra alguna. Subía los escalones alicaído, muerto de miedo como las otras veces e inmerso en la contradicción. Por mucho que mi instinto de supervivencia se revelase, me resignaba a la pena, la vergüenza, la impotencia y el dolor.

Me temblaban las piernas según me acercaba a la habitación infernal. Sentado en la silla, como tenía ordenado, esperaba cabizbajo su temida llegada. El crujir de los peldaños me la anunciaba y conforme se aproximaba el vertiginoso sonido de sus pisadas, se aceleraban los latidos de mi encogido corazón. Parecía que aquella bomba moradora de mi pecho fuese a estallar y, aunque pueda parecer absurdo, en aquellos momentos, era lo que más deseaba. Exasperado, ansiaba mi propia muerte.

Entró y me abofeteó ambas mejillas. No noté dolor inmediato, pero si el intenso calor y escozor que se acumulaba en las mismas. Tampoco me vino de sorpresa su agresividad, de hecho, esperaba trémulo aquellos golpes que sabía eran el inicio del calvario, lo peor aún estaba por llegar. Las lágrimas caían por mi rostro que seguía gacho. Con el puño me dio un golpe seco en la cabeza y me ordenó levantar, desnudarme y trasladarme a la cama. Me coloqué en posición, como el que sube a la palestra de los condenados y espera para ser ejecutado. Solo una pregunta acechaba mi mente en aquellos momentos terribles: ¿Por qué mi madre no acudía en mi ayuda? Me lo cuestionaba en vano, sabía muy bien la respuesta, aunque me resistiese a aceptar la verdad. La cruda realidad era que Amalia alquilaba mis servicios para el vicioso disfrute de un innombrable depravado. A mis ocho años llevaba seis sometido a la vileza más impía, a los abusos de fuerza y poder.

Quedaba desnudo, abatido, estirado boca abajo sobre la cama. No tenía frío. El hervor interno que causa la podredumbre me hacía sentir un calor abrasador. Oí cómo abrían la puerta de la calle y seguidamente escuché un portazo. Entonces, despacio y aún acompañado por el llanto, me atavié y bajé las escaleras. Mi madre estaba postrada en el sofá contando el dinero que mi sufrimiento le había proporcionado. “Mamá…”. Me puse de rodillas ante ella e intenté reposar la cabeza sobre su regazo, buscando una brizna de conmiseración. “Apártate, ¿no ves que estoy ocupada?”, me gritó y empujó, haciéndome caer de espaldas sobre el suelo descascarillado. “Y no me llames mamá, mi nombre es Amalia”. Su voz era despectiva y su mirada aniquiladora. Se guardó los billetes en un bolsillo y se marchó. Me quedé largo rato tirado sobre el pavimento, encogido en posición fetal. Me sentía sucio, culpable y avergonzado. Odiaba a mi propio cuerpo y la función que tenía.

Cuando conseguí rehacerme, hui del aire viciado que se respiraba en mi casa y busqué cobijo en la de nuestra vecina Ángela, con ella estaba mi hermana que andaba sus primeros pasos con gracia y cierta soltura. Me alegraba contemplar su sonrisa cuando al verme, venía tambaleándose hacia mí con los bracitos estirados, yo me agachaba y nos abrazábamos. Es indescriptible la felicidad repentina que en esos momentos avivaba lo más profundo de mi ser.

Con María abrazada a mi cuello, me senté en una de las cuatro sillas que rodeaban la mesa camilla. Desde mi asiento, contemplaba el exterior a través de la ventana, mientras un olor dulzón penetraba por mis fosas nasales y la boca se me ensalivaba. Ángela se acercó a nosotros portando una fuente repleta de galletas. Me animó a comer, pero cuando iba a hacerlo, me pareció ver a mamá y la deliciosa sensación de ingesta que un instante antes me abordaba, se convirtió en un nudo que obstruía mi garganta como si alguien la apretase intentándome estrangular.

Mi madre andaba desgarbada, casi arrastraba los pies y le costaba avanzar el cuerpo como si una fuerza invisible la refrenase. Me levanté, le di un beso a mi hermana y la dejé al cuidado de Ángela. Al entrar en casa, vislumbré el rostro enjuto de Amalia que, ignorando mi presencia, continuó con su mortífero quehacer. Las gotas de sudor se le mezclaban con el constante lagrimeo, la fiebre y los tiritones aumentaban su alto grado de ansiedad. Su maltrecho organismo le exigía una dosis y ella no tardaría en contentarlo. Pese al temblequeo que la subyugaba, enfiló la jeringuilla hacia el brazo y pinchó la vena. Giré la cabeza con brusquedad. Cuando la volví a mirar, se sujetaba a la baranda dispuesta a subir las destartaladas escaleras. Como siempre, la seguí. Entró en nuestra habitación. Amalia y yo compartíamos la cama grande y María dormía en una cunita arrinconada a la pared, cuya única decoración eran unos manchurrones de humedad. Por suerte, mi hermana pasaba la mayoría de las noches en casa de Ángela.

Mi madre, tumbada boca arriba sobre la cama, ya había entrado en su letargo igual que una víbora entra en el suyo. Contemplé cómo sus mandíbulas se comenzaban a relajar y sus rasgos se volvían placenteros. Entonces, llegó mi momento. Cogí el pequeño espejo de mano que estaba sobre la mesilla y lo puse delante de su boca. Una y otra vez, siempre que Amalia entraba en su letargo, yo seguía el mismo procedimiento con la esperanza de que algún día el espejo se mantuviese limpio, sin la marca de su resuello. En esa ocasión, al igual que en las anteriores, su respiración se marcó.

María tenía poco más de dos años cuando Amalia se la reclamó a nuestra vecina. “Te agradezco lo que has hecho por ella, Ángela, pero de ahora en adelante, la niña se queda conmigo. Parecerían meras elucubraciones ponerme a explicar cómo malvivíamos los tres atrincherados en aquella casa maldita. El sórdido drama que me tocó afrontar era una pesadilla que sufría despierto, era mi amarga realidad.

Hacía poco rato que había anochecido. Dos timbrazos cortos sonaron y la desazón me abordó. Me dispuse a subir la escalera cuando mi madre me ordenó que me encerrase en nuestra habitación. Ella cogió a mi hermana en brazos y abrió la puerta. Trepé aturullado los escalones y me enclaustré en el cuarto. Era la primera vez que me libraba de la habitación infernal, el alivio que ello suponía me produjo una respiración profunda y sosegada. Mi relajación fue breve, el lloro de María la truncó. Salí de inmediato, seguí el sonido de su llanto y abrí la puerta del infierno. Me quedé petrificado en la entrada. Ella estaba sobre la cama y él la observaba de espaldas a mí. Miré su imagen en el espejo y mi chillido infinito evitó su perversión. Ese día, pude salvar a mi hermana de la tortura y esa misma semana perdimos a Amalia.

El día que falleció mi madre llegó por fin su descanso y, sería incoherente negarlo, también el nuestro. Mis abuelos, hasta entonces unos desconocidos para nosotros, se hicieron cargo de nuestra custodia.

A veces, inevitablemente, me acecha el pasado y recuerdo cómo aquel día, al igual que tantos otros, vi a mi madre preparando la dosis que la hacía entrar en su acostumbrado letargo. Amalia estaba acabada, hundida en lo más profundo de un pozo de oscuras y sucias aguas. Observé cómo presa de la flojera subió con dificultad los escalones, llegó a la alcoba y se dejó caer encima de la cama. A través de la puerta entreabierta, vi cómo aumentaba su debilidad y la abordaba un sueño liviano. Entré con lentitud. El sonido de mis pisadas sobre la moqueta mugrienta era casi imperceptible. Me senté junto al cuerpo adormecido y contemplé su deteriorada imagen. Abrió de repente los ojos y los clavó torvos en los míos. Eché mano de un cojín y le tapé el rostro. Presioné con todas mis fuerzas, temía que, si dejaba de apretujar, volvería a ver su semblante furibundo. Cuando me atreví a mirar, parecía que dormía. Como de costumbre cogí el espejo de mano y se lo puse delante de la boca. Fue entonces cuando comprobé, tristemente aliviado, la ausencia de resuello.

Compártenos: