La galería

Daniel González Correa

Frío

La última lluvia había barnizado las aceras y el empedrado de la calle. Ese cariz resbaladizo le provocaba inseguridad, acentuada por el gélido aliento de la ciudad. Pensó en detenerse un momento en uno de los viejos bares que residían y resistían en aquella histórica zona. Un aguardiente ayudaría, pero «la falta de puntualidad nunca es una buena tarjeta de visita», como le había recordado cientos de veces su mentor, tras engullir algún buen pedazo de carne en el restaurante frente a la oficina. «Después», se animó mientras hundía sus manos en el pesado gabán y subía los hombros para protegerse.

Una incómoda carrera le llevó desde su coche aparcado a escasos cincuenta metros, hasta la puerta de la galería de arte Cristina, uno de los muchos negocios de la zona que daban un buen uso de las antiguas bodegas que sobrevivieron a la guerra. El ladrillo visto restaurado y las maderas nobles cálidas, eran la propuesta de estilo del local de reciente apertura. Una campanilla accionada por una cadena en el exterior era su exótica propuesta de portero tecnológico. Agitó la cadena mientras escrutaba, a través de unos cristales de densidades irregulares, las sombras del interior.

Silencio.

«Paciencia», era otra de las máximas de su mentor, «una buena operación se puede escapar por no esperar lo suficiente». Otro bocado de carne. Su mirada descendió hasta una portada de periódico del día pisoteada y húmeda sobre el empedrado, en la que se podía ver la fotografía de una niña sonriendo. Como titular sólo figuraba una palabra: DESAPARECIDA. El recuerdo triste de su hija despidiéndose con la mano tras el juicio del divorcio se anudó en su estómago.

La mortecina claridad que translucían las pesadas nubes, había dado paso a un anochecer sobrado de frio. Estar parado en aquella pétrea y estrecha calle no era bueno para su salud y tras tres tirones más con sus consiguientes campanilleos, decidió abandonar y recuperar su anterior idea. «Ahora», echó mano de su monedero y mientras se daba la vuelta, lo agitó, notando monedas, puede que algún billete. No necesitaba más. Dulce calor descendiendo por su garganta…

La campanilla sonó de nuevo, pero esa vez él no había tirado. La puerta de la galería estaba abierta. El monedero volvió a su bolsillo, y la cálida idea a algún lugar de su mente, lejos de la palabra alcoholismo, y sus amigas reunión y padrino.

Entró con decisión en el interior esperando una tregua del inclemente frío. «Mierda, no hay calefacción». Cerró tras su espalda con una delicadeza medida mientras contemplaba la galería. El ladrillo visto era el protagonista en una profunda bodega en arco de unos ocho pasos de ancho. Los cuadros se situaban a uno y otro lado unos frente a otros: no había nadie contemplándolos. Más cerca, a su izquierda, una alta mesita rectangular y una silla a juego, hacían las veces de recepción. La silla, vacía, nadie a la vista. Debía mostrar interés por las obras colgadas si pretendía algún tipo de empatía con Cristina, así que descendió los tres escalones que le separaban del principio de la exposición, y se acercó al primer lienzo. Lo miró sin prestarle atención, su mente seguía pensando en la dueña de la galería. No la había visto nunca y solo había hablado una vez con ella, conversación que duró una media docena de frases intercambiadas por cortesía. Con dos frases hubiera sido suficiente. Su voz a través de la línea telefónica era suave, agradable… Falsa. Tras mucho tiempo en el negocio eso era algo fácil de discernir. Esperaba poder atravesar ese muro rápido, «si atraviesas ese muro, tendrás en tu mano sus decisiones» hubiera dicho su mentor tras otro bocado de carne roja.

Mareo.

Perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la pared. El tacto áspero del ladrillo tuvo un efecto equilibrante. Pero no era capaz de explicarse el vahído, como lo habría llamado su madre. Estaba frente al cuadro; óleo púrpura, amarillo, blanco y negro. Una figura central. Angelical. Heridas. Sangre derramada. Una figura deforme. Oscura. Armada. Hurgando en las heridas.

Se afianzó con el antebrazo apoyado anticipando un nuevo mareo. Una voz a su espalda rompió el silencio.

—¿Se encuentra bien? —voz suave, agradable, falsa.

Poco a poco se enderezó sin perder el contacto seguro de la pared. Cristina era una mujer entrada en años, unos cincuenta, rubia y sometida a algún tipo de permanente, jersey gris de cuello vuelto sobre el que destacaba un colgante plateado, pantalones de vestir del mismo color y unos recios zapatos negros de media altura. Su rostro delgado y anguloso se ocultaba tras unas grandes gafas de pasta. Estaba inmóvil sobre el tercer escalón. Sus manos sujetaban una pequeña bandeja de plata sobre la que descansaba un vaso de licor con un líquido rojizo y transparente.

Sed.

—¿Le ocurre algo? —Solo movió los labios.

—No…, no es nada, un pequeño mareo. Solo necesito un momento y… —se atrevió a separarse de la pared muy despacio —. No entiendo que me ha pasado.

Cristina sacudió la cabeza.

—Igual ha sido el frío.

«Si, claro, el frío». Aquella no era, ni remotamente, una excusa plausible. Pero la había propuesto ella.

—Es posible — intentó desviar la atención, su mareo no podía considerarse una buena tarjeta de presentación. —Soy…

—Sí, hablamos por teléfono —interrumpió ella —. Viene de la agencia por la posible compra, le esperaba —descendió los tres escalones—. Con este tiempo, pensé que le vendría bien un licor, ¿le gusta el licor de fresa?

—Bueno, como poco me vendrá bien —aquello era justo lo que necesitaba en ese momento, quizá no de fresa, aunque le hubiese bastado con alcohol 96 rebajado.

Esperó a tener a mano el vaso y acabó con él sin concesiones, de un lento pero implacable trago. «A la mierda la imagen». Primero sintió un calor reconfortante, después un sabor… metálico y muy poco dulce para ser de fresa.

—¿Le ha sentado bien? — le ofreció la mano para retirar el vaso, que fue a parar a la bandeja de nuevo—. Sí, parece que le está devolviendo el color. Es un licor exquisito.

Mientras Cristina hablaba, parecía mirarlo con una curiosidad morbosa.

—Gracias por el licor. Discúlpeme, esto no me había pasado nunca. No he comido nada desde el mediodía y…

Pinchazo.

Por un momento, su estómago se contrajo.

—No se disculpe, le entiendo. A veces, tenemos tantas cosas en la cabeza que olvidamos lo básico. Tengo unas pastas en la oficina y creo que le sentarían muy bien. Allí estaremos más tranquilos.

Dicho esto, lo condujo hacia el fondo de la galería. La violencia, la tortura, el sadismo, se desbordaban de los lienzos y golpeaban su mente como olas embravecidas. Bajó la vista mientras se concentraba en mantener el equilibrio. Casi al final de la bodega, Cristina abrió una puerta disimulada en la pared de ladrillo y se internó en un estrecho pasillo en el que sobrevivían dos bombillas desnudas de baja intensidad. Se adentró en él y tras unos pasos la puerta se cerró a su espalda con un golpe recio, común entre las puertas de seguridad. A la derecha, se abría un despacho claustrofóbico, atestado de carpetas y papeles que, por el color, cubrían desde el pasado más remoto en amarillos sucios hasta el presente más barato en grises reciclados. Mientras él se sentaba en una silla de patas metálicas y lona gris, ella se acomodó tras el desordenado escritorio, colocando su mano junto a un teléfono negro de baquelita de mediados del siglo veinte, con el número escrito a mano en un papel pegado encima con celofán. Recordaba el número, era el que había marcado para concertar la cita.

Hambre.

Otro pinchazo. Este más intenso que el anterior. Disimuló.

—Gra… Gracias por recibirme tan tarde, pero nuestro cliente quería que la entrevista se realizase a esta hora. Una especificación poco común, pero tras ver el tema de su exposición entiendo que puede ser por algún tipo de capricho morboso —sus ojos se detuvieron sobre un pequeño plato con algunas pastas algo deterioradas por un probable y continuo manoseo. Cristina reparó en el gesto.

– No sea tímido, sírvase.

Mientras ella desenterraba el plato de su tumba de papel reciclado para ofrecérselo, el teléfono comenzó a sonar.

– ¿Sí? —al otro lado del auricular, se podía distinguir una voz masculina, pero sus palabras no eran más que un murmullo—. Ya. Si. Si. Ya. —los monosílabos tenían un tono condescendiente y algo infantil, como quien habla con un niño. Se llevó una pasta a la boca para descubrir que en ocasiones la imagen se corresponde perfectamente con la realidad: estaba rancia. Disfrazó su gesto con una mala sonrisa mientras la conversación telefónica terminaba—. No te enfades, ya te he dicho que lo haré en cuanto pueda. Hasta ahora — mientras colgaba el teléfono, la campanilla exterior sonó—. ¡Vaya! Parece que no tengo un momento de tranquilidad hoy. Si es tan amable de esperarme aquí —acompañó sus palabras con un gesto de la mano mientras se levantaba y con una agilidad adquirida con la costumbre, se escurrió entre las cajas y esquivó la silla en la que estaba sentado. Antes de salir, volvió la cabeza clavando su mirada sobre él.

—Si necesita algo de beber, por el pasillo encontrará una cocina. En la nevera tiene algunos refrescos o puede coger un vaso y servirse un poco de agua.

¡Claro que necesitaba beber algo! Tenía que quitarse ese sabor de la boca lo antes posible. Esperó a que la puerta de seguridad se cerrara de nuevo y se dirigió al pasillo con la intención de encontrar la cocina. No fue difícil, era la siguiente puerta a la izquierda. Buscó el interruptor, y esperó a que los fluorescentes terminaran su rítmico encendido. La cocina era muy grande y con una distribución mantenida de su pasado hostelero. Justo al fondo, podía ver la metálica puerta de una cámara frigorífica, pero ni rastro de una nevera. Se decidió por la cámara y atravesó la cocina. Casi al llegar a la puerta, apoyada junto a la pared pudo ver una moderna mochila infantil de color rosa con un nombre bordado: Mariam. Se quedó petrificado por un momento. Su hija se llamaba así. Apartó como pudo muchos recuerdos que habían explotado dentro de su mente mientras recuperaba la compostura. Tiró de la palanca de la cámara. Dentro se amontonaban cajas de verduras, botellas de vino y agua, botes de refresco. Colgados del techo, había al menos veinte pollos descabezados y desplumados, que goteaban sangre sobre el suelo. En un estante del fondo, vio tarros de vidrio que encerraban algún tipo de fluido, de un rojo muy oscuro.

Arcada

Un impulso de vómito lo obligó a agarrarse a la puerta con las dos manos mientras la cocina giraba sin control. El golpe contra la pared descargó un fogonazo en su nuca y detuvo el mundo de nuevo. Sentado con la espalda apoyada en la pared, pero aún sujeto a la palanca de apertura de la puerta, intentó serenarse. Su mirada vagaba por la estancia mientras era consciente de su esfuerzo por respirar. Desde la entrada una sombra oscura parecía vigilarle, pero cuando fijó su mirada en ella, ya había desaparecido. Solo recordaba una leve forma alada, pero claro, eso era imposible, y su estado no ofrecía la confianza suficiente. Tras unos instantes, se levantó poco a poco y sin mirar en el interior de la cámara, se hizo con una botella de vino abierta y tapada con un corcho que su alcohólico subconsciente recordaba. Tras descargar el contenido directamente en su garganta, dejó la botella en la encimera metálica, y arrastró los pies hasta el despacho de Cristina para desplomarse sobre la silla. Unos minutos después, escuchó de nuevo la puerta de seguridad y el taconeo firme de Cristina.

—Siento haber tardado tanto, pero las fuerzas del orden nunca tienen en cuenta que tenemos una vida aparte de sus intereses —mientras se sentaba tras el escritorio, y por un momento, una leve sonrisa cómplice sobrevoló su rostro—. Ya sabe, la desaparición de la niña… Un terrible suceso, ha sido cerca de aquí —extrajo de entre la pila de papeles una carpeta con un membrete. En él figuraba su nombre. Ojeó el interior—. ¿Tiene usted hijas? Siempre te llega más hondo cuando tienes hijas, te sientes más cerca de los sentimientos de esas personas, ¿quién sería tan enfermo de secuestrar a una niña? —otra vez esa sonrisa cómplice—. ¿Y para qué? Es terrible —cerró el dossier con un golpe enérgico que sirvió para zanjar esa cuestión—. Bueno, así es la vida. Nosotros tenemos otro asunto entre manos, la compra en la que está interesado su cliente tiene como objetivo cuatro de las obras expuestas ahí fuera, las cuatro primeras para ser más exactos: «El ángel torturado», «El sacrificio inútil», «Condenación en el paraíso» y «El bien sangrante». El importe acordado es satisfactorio para el artista, de modo que esto no es más que un mero trámite. Además, su cliente está interesado en conocer la última obra en la que está trabajando el artista: «Y la ignorancia torturó a la inocencia»Creo que su presencia aquí tiene que ver casi exclusivamente con esto último. Debe usted cerciorarse de la fuerza de esta última obra. ¿Estoy en lo cierto?

El principio de la conversación lo había sumido en un estado de irrealidad que no era capaz de comprender, pero la pregunta le despertó.

—Sí, sí, creo que esa es mi función —las palabras llegaban desde el fondo del pozo oscuro en el que se había convertido su mente racional.

—Bien, entonces nuestro siguiente paso sería que me acompañara a ver al artista, si está usted recuperado, claro —el teléfono volvió a sonar—. Discúlpeme un momento, ¿sí? Ya, te he dicho que está todo preparado. Sí, ya lo sé, Mariam debe morir —la última frase lo dejó frío. «No puede ser, no puedo haberlo oído bien»Llamó la atención de Cristina con la mano.

—Perdone, ¿qué acaba de decir? —ella colocó una mano sobre el micrófono antes de responder.

—La niña, que debe dormir.

«¿Dormir?» No era eso lo que había entendido, pero no quiso insistir. Cristina continuó la conversación.

—Si no eres capaz, iré yo…Ya, espera, voy —se levantó de nuevo— Espéreme un momento, hay cosas que, si no las haces tú, nadie las hará.

Lo dejó de nuevo solo. Sobre la mesa estaba el dossier con su nombre. Decidió echarle un vistazo.

Desorientación

Lo que había en su interior lo turbó. Era una ficha sobre él. Su edad, su nombre completo, su experiencia, su matrimonio, su divorcio… La carpeta resbaló entre sus dedos y su contenido se desparramó por todo el suelo. Había fotos. Fotos de él, de su ex mujer, de SU HIJA. Intentó levantarse, pero resbaló con algunos de los folios que ahora alfombraban el suelo. No logró sujetarse y se golpeó el costado con el suelo. Un golpe sordo que lo dejó sin respiración. «¿Dónde estoy?»

Miró alrededor sin conseguir entender qué lugar era. Por un momento, no recordó que hacía en esa habitación sobrecargada de carpetas y papeles. Por un momento, no entendió por qué había fotos suyas por el suelo. Y de su ex mujer. Y de su hija, Mariam. Su mente gritaba desconsolada, eran gritos infantiles, pero no era su mente la que gritaba ¡Lo estaba oyendo! Venían del pasillo, de algún lugar más allá de la siniestra cocina. Se levantó como pudo, y desequilibrado, salió de la habitación sujetándose a las paredes. Se preguntaba quién coño era esa gente, qué estaba pasando. Desde que había entrado en esa galería, todo era una pesadilla: los cuadros terribles tan vívidos, la mochila rosa de Mariam, la cámara frigorífica con los pollos desangrados colgados del techo, aquellos frascos… Tuvo que detenerse un momento y coger aire. El dolor del costado lo aferró a la realidad. Los gritos cesaron o fueron tapados por un aterrador rugido que le heló la sangre. Recordó que, en la cocina, pegados a un alargado imán, descansaban varios cuchillos de diferentes formas y tamaños. No iría desarmado.

Miedo

Antes de entrar a la cocina, la puerta al fondo de ese pasillo, se abrió por un momento, y pudo entrever una criatura algo más pequeña que una persona cuya piel estaba formada por plumas negras. Su cara era un amasijo de dientes blancos sobre los que vio unos ojos pequeños. La puerta se cerró de inmediato. El quicio de la puerta de cocina lo detuvo. No se había dado cuenta de que instintivamente había comenzado a caminar hacia atrás, poniendo espacio de por medio entre la puerta del fondo y él. Corrió hacía los cuchillos y eligió uno grande pero aun manejable. Para hacerse con él se apoyó en un bote grande de plástico que había abierto sobre la encimera. Se quedó pegado a él. «Joder, ¿Qué coño hace aquí un bote de miel de 10 litros? Solo me faltan los payasos para que el circo esté completo». Se sorprendió a sí mismo al sonreír mientras se cambiaba el cuchillo de mano. Pensó en un trago de vino, pero se reprendió por ello. «Tu hija, coño, tu hija». Se dirigió hacía la puerta del fondo del pasillo con pasos lentos e inseguros, el cuchillo apuntando a lo que pudiera surgir. Al llegar a la puerta, sujetó el pomo y lo empezó a girar.

Vómito.

Su cuerpo no pudo más. Vació su estómago junto a la puerta. Se apoyó en la pared para evitar caerse mientras que era castigado por dolorosas arcadas. El cuchillo cayó sobre el vómito rojizo cuando se escurrió de su mano. Se secó con la manga y cogió de nuevo el cuchillo. Abrió la puerta.

Una sala de estar.

En el centro una pequeña mesa camilla con un floreado mantel sobre el que descansaban unos dibujos infantiles y ceras. Alrededor dos sillas de escay negro. Las paredes cubiertas por un papel pintado de mediados de los 70 con motivos florales en tonos oscuros. El cable de un brasero oculto bajo la mesa, y todo el suelo manchado de pequeñas gotas de… Sangre. Porque no podía ser otra cosa. Alguien las había pisado creando un sendero que terminaba en una puerta en la pared de la derecha. Algo volvió a rugir tras esa puerta. El pelo de su nuca se erizó.

Levantó el cuchillo y descubrió que había comenzado a temblar por cómo se agitaba la hoja. Se sujeto con la otra mano, pero desistió. Aquello era algo incontrolable, así que con el corazón golpeando su tórax al ritmo de la hoja del cuchillo avanzó hasta la puerta y la empujó. Al otro lado un pasillo sin luces. Instintivamente tanteó la pared en busca de un interruptor. No era su día. Buscó en su bolsillo el encendedor, pero no fue capaz de encenderlo así que dejó la puerta de la salita abierta, y se internó en la oscuridad.

Tras unos diez pasos tropezó con otra puerta. A ciegas, buscó el pomo y la abrió.

Engendro

Las plumas negras refulgían bajo luces rojas a unos 3 metros de la puerta, el demonio le enseño la cara manchada de sangre. En el suelo un alegre vestido de niña estaba desgarrado y empapado en sangre. Luces estroboscópicas blancas marcaban sus movimientos convirtiendo su carrera hacia él en una sucesión de instantáneas. Se quedó paralizado. Sus sentidos captaron el entorno; el interior de una gruta infernal, con estalactitas y estalagmitas rojizas a ambos lados. Más allá del vestido ensangrentado y roto, la extraña luz rojiza no llegaba y la oscuridad pugnaba por tragárselo todo. El contacto con la criatura lo activó y como si de una máquina salvaje se tratara y clavó el cuchillo una y otra vez mientras era abrazado a la altura de la cintura. Siguió clavando el cuchillo hasta que el pequeño demonio pareció perder fuerza y fue resbalando de su cintura. Muchas de sus plumas habían quedado pegadas a sus ropas. Una sustancia pegajosa también se había adherido a él. El demonio sangraba sobre el suelo, había perdido parte de su plumaje y bajo él se distinguía una piel muy blanca. Aun con el cuchillo empuñado se agachó a comprobar si aquello había muerto. Tenía una figura humanoide. Del tamaño de un niño. Con la punta del cuchillo le giró la cara. Estaba manchada con sangre y se podían ver a través de ella los afilados y largos dientes… pintados.

Pintados sobre una carita humana. Una carita de niña. Una carita muerta.

Terror

Las plumas no formaban parte de este cuerpo, estaban pegadas sobre ella con… olió la sustancia adherida a su ropa: miel. Bajo esas plumas se escondía un cuerpo desnudo de niña. Una niña muerta por su mano, muerta con el cuchillo. Lo lanzó como si estuviera al rojo vivo y le estuviera abrasando la mano. Se apartó del cuerpo muerto a trompicones buscando apoyo en las estalagmitas cercanas. Cuando tropezó con ellas le sorprendió que no fueran rígidas. Perdió el equilibrio y cayó sobre varias de ellas rompiéndolas. El corcho blanco quedó al descubierto. «¿Qué broma es esta?». Al fondo, se encendió una luz que alumbró a dos figuras: una de ellas era Cristina, que exhibía una sonrisa cruel, la otra, un adolescente con una paleta de pintura en su mano derecha y un pincel en la otra, que se giró sobre un lienzo y comenzó a dar frenéticas pinceladas sobre él.

—¡Vamos hijo! Esta será tu mejor obra —gritaba ella. Sus ojos se desorbitaron mientras alzaba las manos —. Ha sido perfecto —se volvió sobre el lienzo—. Tienes que captarlo, la esencia, la emoción, así, así…—coreó las pinceladas una a una—. Lo tienes. ¡Lo tienes! —el éxtasis de locura finalizó de repente. Cristina se dirigió hacia él mientras se arreglaba la ropa. Pasó junto al cuerpo muerto de la niña sin prestarle más atención que un brusco empujón con el empeine. Se plantó frente a él— ¿Qué le ha parecido? Como habrá podido comprobar, mi hijo usa los modelos más reales que puedo conseguirle. Él tiene un don, ¿sabe? Plasma las emociones con una fidelidad que asombra. Los escenarios los preparamos juntos, como madre e hijo, así consigo implicarme en su desarrollo. Los niños son muy importantes y deben tener una estrecha relación maternal, lo dicen los libros.

Tras sus gafas de pasta, pudo ver un gesto sincero que convirtió la escena en un sueño. Todas las sensaciones llegaban a él a través de un filtro algodonado: la voz de la loca que tenía delante, las luces que iluminaban el lugar, el raspar lejano del pincel sobre el lienzo. Por un momento, creyó verse desde fuera de sí, como si de una experiencia extracorporal se tratase. Con la cara contraída por el horror. Solo consiguió articular dos palabras:

—¿Mi… hija?

Ella siguió hablando como si no hubiera escuchado nada. Hasta él dudo de su voz.

—Esta obra se titula «Y la ignorancia torturó a la inocencia». Usted ha sido un invitado de excepción, la experiencia vívida es la fuente de la inspiración más importante, lo ha podido comprobar en nuestra galería.

Seguía allí plantada, como si no hubiera una niña muerta a menos de dos pasos.

—¿Mi hija? —volvió a preguntar, pero su voz sonó muy lejana y ella continuó hablando.

—Y como hablamos en el despacho, usted está aquí para certificar la fuerza de la obra de mi hijo —se giró y gritó— ¡Trae aquí el lienzo! ¡Quiero que lo vea!

Al fondo, el adolescente soltó la paleta y acercó el lienzo. Ella presentó con la mano la obra. El dolor, el sufrimiento, el ángel llorando, el demonio atravesando las carnes blancas con un instrumento afilado. La sangre. Sus ojos se nublaron, llenos de lágrimas y la angustia se cerró sobre sus tripas.

—¿MI HIJA? —el grito desgarró el sueño. La loca lo miró sorprendida.

—¡Oh! ¡No! ¿No pensará…? Vaya, igual me ha malinterpretado. Eso de ahí no es su hija, es solo esa chica que aparece en los periódicos. No pensará que soy un monstruo. Aunque lo haya insinuado en la preparación, solo formaba parte del escenario. Necesitaba que usted lo creyera para que el efecto emotivo fuera el adecuado. Puede estar tranquilo. Su hija está bien.

Por un momento, se sintió agradecido, pero a continuación miró el cuerpo tendido y ensangrentado, y tuvo que gritar.

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