La casa de Santa Margarita

Juan-Ramón Moscad Fumadó

Regresamos a Santa Margarita después de varios años. Es el pueblo mallorquín donde nació mi mujer. Allí visitamos las casas de algunos de sus familiares, pero casi todos murieron ya, lo cual nos llenó de tristeza ya que no pudimos hablar con ninguno de sus tíos por parte de padre, ni otra familia de las ramas de sus abuelos paternos, Siurana-Soler.

Nos paramos delante de la mansión donde vivieron estos abuelos: la casa del «Amo de Santa Margarita», que era como le llamaban los vecinos del pueblo a su abuelo, porque de joven regresó con una estimable fortuna hecha en Méjico, allá por 1900, después de abandonar Santa Margarita para ir a hacer las Américas.

Pero la vivienda ya no era lo que fue. Al vendérsela a un arquitecto de la isla de Mallorca, se fue con ella toda la historia de la familia Siurana-Soler. La fachada se había transformado. Se había abierto una puerta más grande y las dos ventanas de la fachada se habían hecho más anchas. De todas formas, las persianas mallorquinas, tanto de estas como de la puerta principal seguían siendo de un verde oscuro y el material en vez de madera era de aluminio pintado. La ancestral costumbre de hacerlas de madera para el exterior hizo que en sus tiempos el trabajo de carpintería proliferara en todas las poblaciones.

No podíamos ver la casa por dentro porque estaba cerrada. No estaban los nuevos propietarios por ser domingo y haber elegido el día para salir de la población. Pero pudimos recordar cómo era aquella mansión antes de todas las reformas que el arquitecto que la compró hubiera podido hacerle. Mi mujer, en tono angustiado, me empezó a contar historias sobre la casa y su familia de Mallorca, sin dejar de observar la fachada.

Todas las entradas permanecían cerradas durante el verano, por lo que la parte interior de la casa quedaba ensombrecida y llena de un frescor especial. Este invento de las persianas está instalado en todas las casas de Mallorca y, debido a esto, en su interior guardan una frescura en el aire que con la leve circulación por las ranuras de las mismas te crean una pequeña brisa, suficiente para hacer más soportables los veranos de la isla.

El abuelo Tomás, «El Amo», vino de América con una fortuna, parte de la cual se la enseñó a su suegro al ir a pedir la mano de la abuela Marisol. Le llevaba quince años, pues cuando la pidió él tenía treinta y un años y ella dieciséis. El futuro suegro no pudo resistirse al poder económico del abuelo y en poco tiempo hubo boda.    

Parecía que el abuelo Tomás tenía prisa y pronto hizo una gran prole. En unos diez años tuvo a las dos hijas mayores, la tía María y la tía Ana, y luego a los varones Pedro, Tomás, Biel, Juan y José. Uno detrás de otro sin contar los otros cinco hijos que le nacieron muertos. Por ello, el abuelo tuvo que construir un hogar con arreglo a la familia numerosa que pretendían tener. El padre de mi mujer era el que se llamaba Tomás.           

Antiguamente, al entrar por la puerta principal, en la planta baja se disponía de un gran salón recibidor, la salita, tres habitaciones, el baño, la cocina con su despensa interior y el comedor. En la primera planta se ubicaba otra despensa con buena ventilación y cinco amplias habitaciones, dos de las cuales daban a la terraza posterior del primer piso. Y en el segundo aún había tres habitaciones más.

En la parte trasera de la planta baja, a la salida de la cocina, había un jardín con numerosos árboles, una cisterna y un pozo central que se llenaban con agua de lluvia, los cuales tenían unas canalizaciones especiales para la recogida de la misma y que venía de las terrazas.

Al salir de la cocina y un poco más alejada de la misma, nada más atravesar el jardín, había otra gran dependencia que daba a la calle trasera a la fachada principal de la casa, donde se ubicaban los caballos y los carros junto a toda una serie de utensilios, instrumentos y canalizaciones de aquel lagar para pisar la uva y trasladar el mosto hasta un depósito para fermentarlo y luego este líquido llevarlo filtrado hasta los enormes toneles hechos con madera de olivos ancestrales y que se ubicaban en el sótano de la casa, el «cup».

Mi mujer Marisol y yo no pudimos frenar nuestra curiosidad y nos acercamos hasta la portezuela lateral de la fachada que daba directamente al jardín. No nos resistimos a entrar, ya que la portilla se abrió con un simple empujón. Estaba angustiada sin saber si era por la nostalgia que le producía ver la casa y acudir a su mente los recuerdos familiares completos. De todas formas, sus ojos brillaban y sus pasos eran lentos.

Entramos al jardín bordeando la pared lateral izquierda de la casa y, una vez allí, nos dirigimos hasta la zona de las caballerizas cuyo primer piso se utilizó en su época para secar higos, tomates, pimientos, guardar harina, bebidas y para colgar los embutidos de las jácenas de madera, hechos durante el invierno para que se secaran con el aire que pasaba entre las rendijas de las ventanas.

Marisol seguía cogida a mí. Se tambaleó, sintiéndose floja, por la manera en la que le costaba dar un paso y por la forma de hablar y mirar. Toda la nostalgia del recuerdo de sus abuelos, tíos y primos venida en ese momento.

El segundo piso se utilizaba para tener palomos y palomas, ubicados en un gran palomar. Servían para comérselos y disfrutarlos en el deporte. Los palomos tenían pintada la parte inferior de las alas y tenían reconocido el arte de llevarse a la hembra hasta su palomar. Parecía que el nuevo comprador de aquella casa sólo había modificado la parte principal de la misma habiendo dejado para más adelante la reforma de estas estancias.

Abrimos la puerta de las caballerizas mientras el chirrido de sus bisagras producía una sensación de casa abandonada y lúgubre, por lo que había motivos para que apareciera algún fantasma del tiempo de sus antepasados, según comentaba mi esposa.

Ella se paró e hizo un sonido de «chiisss», poniendo el índice de la mano sobre sus labios. Y me preguntó «¿No oyes la voz de una mujer que dice mi nombre y viene del cup? Dice «¡Marisol! ¡Marisoool!»

—Pues yo no oigo nada, le dije.

—Oye, oye y escucha. Viene del sótano —me dijo mi mujer.

—Pues por más que pongo la oreja, no oigo ninguna voz —le respondí

—Que sí, es como la voz de la tía María, que parece que me está llamando desde el más allá. Y me dice «Marisol, Marisol, ven, baja a verme…»

—Pero, ¿cómo puede ser, después de tantos años? —le pregunté un poco asustado viendo la cara de convencida y acongojada de mi mujer.

—Vamos a bajar al sótano por esa escalera —me respondió ella.

—Pero si no hay luz, no podremos ver nada —le aseguré yo.

—Bajaré para ver si puedo encender alguna bombilla —contestó.

Mi mujer me había contado que de pequeña pasó mucho miedo en aquella mansión de los abuelos. Que siempre le quedó en la memoria que bajar al sótano tenía como posibilidad de que te pudiera salir algún fantasma o te pasara algo nada normal en aquella cueva del subsuelo que mantenía una temperatura de 14°C durante todo el año. El «cup» era la zona del sótano como le llaman en Mallorca y donde se ubicaban el depósito para fermentar el mosto y los grandes toneles de madera de olivo para contener el vino.

Sus tías le contaron infinidad de historias que les habían ocurrido a muchos trabajadores de su abuelo cuando bajaban al cup para controlar la fermentación de aquel depósito después de cada vendimia. Alguno de ellos, por falta de oxígeno y de tanto respirar el anhídrido carbónico o el monóxido de carbono emanados en la misma efervescencia del líquido obtenido de la uva pisada, se cayeron bajando la escalera y fueron a parar al suelo del sótano. A otros les ocurrió prácticamente lo mismo estando alrededor o encima del depósito de fermentar el mosto o de los toneles de olivera.

Pero mi mujer lo que más temía de pequeña era que en aquel hueco de escalera para bajar al sótano se guardaban unos faroles que se encendían para utilizarlos en los entierros nocturnos que solían hacerse. Era una cosa que la trastornaba.

Y estas historias fueron calando en ella como digo cuando era todavía una niña y siempre quedó en su imaginario que bajar a aquel cup podría tener consecuencias imprevistas. Y sobre todo por el espanto que le entraba al tropezarse con aquellos faroles ligados a la idea de los féretros en procesión alumbrados al anochecer. Al acercarse a la escalera los vio de nuevo y su cara se transformó de repente en angustia.

Pero en aquella ocasión no me hizo caso y decidida, empezó a bajar, con el ánimo de poder averiguar de dónde provenía la voz que estaba escuchando. A cada escalón que pisaba, la madera le respondía con un crujido.

—Oye, Marisol, ve con mucho cuidado con los escalones, que tienen la madera muy vieja y quebradiza. Y tú estás temblando. Esto no es necesario —le aconsejé.

Cuando pareció que llegaba al final de la escalera, me gritó:

—¡Paco, hay una luz encendida aquí en el sótano! Y hay muchas telarañas. Esto parece muy tétrico. Como un tenebroso castillo digno de una película de terror. ¡Ven, baja, que tengo miedo de estar aquí sola!

Intenté bajar algunos escalones y oí a mi mujer gritar de nuevo:

—¡Ahora oigo mucho mejor la voz de la tía María! ¡Me está llamando «Marisol, Marisol, ven, acércate»! Pero no sé exactamente dónde está, aunque la voz es nítida y muy clara. ¡Y me está diciendo que me acerque un poco más hacia los toneles!

Pensé si a mi mujer le estaba ocurriendo algo. Como si se estuviera volviendo loca o ida. La llamé con un grito:

—¡Marisol, espera!, ¿Estás bien? —No me contestó. Me paré en uno de los escalones para no oír ningún crujido de cada nuevo escalón en el que me apoyaba y me agarré a la barandilla llena de polvo. Repetí el grito para ver si me oía, pero tampoco logré una respuesta.

Avancé hacia el fondo del sótano y volví a llamarla «¡Marisol!, ¡Marisol!», pero sin obtener respuesta. Me di más prisa y al llegar al suelo del sótano intenté ver a través de la penumbra que existía entre la luz y las telarañas. Más adelante y al lado de un enorme tonel pude entrever como un cuerpo tendido. Di unos pasos y vi a Marisol en el suelo. Con la sombría luz que había observé su cabeza que intenté girar, pero me manché de un líquido, al parecer sangre. Le di unas palmadas en la mejilla para hacerla volver en sí pero no me respondía. Le grité su nombre varias veces, cada vez más fuerte, «¡Marisol, ¡¡Marisol!!, ¡¡¡Marisoool!!!»

Subí de nuevo la escalera hasta las caballerizas angustiado para coger agua con algún recipiente y podérsela echar en la cara para ver si despertaba.

Seguramente había tenido una lipotimia por lo intranquila que la había visto desde la entrada por la portezuela lateral de la fachada principal. O por una bajada de azúcar. Pero esperaba que si se había dado un golpe en la cabeza no fuera grave.

Bajé de nuevo con un pozal lleno de agua y me acerqué hasta mi mujer tendida y sin sentido. Empecé a mojarle la cara y las sienes, dándole palmadas en la cara y diciendo su nombre para ver si reaccionaba. No supe qué hacer, pero su nombre lo gritaba cada vez más alto: «¡Marisol!, ¡Marisol!».

Pensé en subir y pedir ayuda a otras personas, pero me quedé a su lado llorando y sin tomar la decisión, viendo cómo una bruma oscura se acercaba para envolvernos. 

Compártenos: