Homo homini lupus

Santiago García Lucio

No, no y no. Simplemente soy incapaz de seguir así. Quizá ningún humano ser podría. Más, ¿y si no fuese yo, y si no se tratase de mí, sino, única y exclusivamente de todos ellos? ¿Y si se tratase, sólo eso y nada más, de un vil contubernio para hacerme enloquecer? Ayer mismo… mientras miraba al prístino espejo, cavilaba, éste no hacía más que devolverme un amargor: una faz contrahecha, deshecha como una magdalena; una faz monstruosa, bañada en una cascada de duda, asco, dolor y… sí… odio, supongo.

“Éste rostro no puede ser el mío”, recuerdo haberme dicho mientras, incrédulo, me echaba a llorar de nuevo, al amparo del más profundo desconsuelo. “Yo solía ser bello, bienparecido y atractivo”, al menos, eso decía el femenino colectivo que, más que rodearme, gustaba de hacerme la corte sin cortarse un pelo.

Esta mañana, tras romper en llanto unas cinco o seis veces —a la verdad, acabé por perder la cuenta— decidí salir a pasear. Francfort, lo diré, siempre se me ha hecho muy bonita. El gris, la sobriedad de lo patrio, sí, me cautiva. Hablar bondades sobre el clima mediterráneo solo puede significar una cosa: no se ha puesto un pie sobre suelo alemán.

Esta mañana, digo, salí a andar. Intentar despejarse resulta a veces un acto suicida. Esta mañana, sí, solo recibí una cosa. Odio. Odio y desprecio al negro sobre blanco. Cada ojo era un cuchillo; cada mirada, una puñalada. Jamás —puedo decirlo con absoluta sinceridad— vi hasta hoy semejantes gestos de asco, semejantes amagos para apartarse del camino de un hombre.

Ayer, sí, no pude: no pude contemplar el azulado cielo alemán; no pude detenerme a tomar un café; no pude tantas cosas… No pude… No pude… (rompe a llorar). Ayer lo que debió haber sido clarificador se convirtió en el mismísimo descenso a los infiernos. Sentir el odio hasta en el viento que te golpea en la cara duele demasiado.

¡¡¿POR QUÉ?!! ¡¡¿POR QUÉ?!! ¡¡¿POR QUÉ?!!, chilló indignado. Entre mis manos, el vaso de Bourbon que, a las 18:00, indefectiblemente me acompaña, se hace añicos mientras, poco a poco, las perversas esquirlas de cristal perforan mi mano hasta que termino por sangrar como un cerdo ¿Acaso también ellas me odian?

Intuitivamente, conduzco la mano hasta la mesa, donde la dejo apoyada en abundante sangría. Debajo una cosa está empapándose, absorbiendo. “Eso es, me digo, inúndate. Anégate y tíñete de rojo. Vete al carajo”. Fatigado, me detengo. Antes de desmayarme solo acierto a aullar una única cosa: ¡¡Mi nombre es Johann Wolfgang von Goethe!! ¡¡Yo escribí las penas del joven Werther!![1]

[1] Hace aproximadamente dos siglos y medio, Europa experimentó un extraño brote de suicidios. Una cantidad desconcertante de hombres jóvenes fueron localizados muertos sin una razón aparente. Tras una serie de investigaciones se supo que aunque no se conocían o vivían en la misma ciudad, tenían algo en común. Todos llevaban ropa similar y se habían quitado la vida con un disparo en la sien (…) todos habían leído una novela en particular… (https://marcianosmx.com, 2017).
Compártenos: