Hernani o cómo hacer treatro del bueno

Santiago García Lucio

¡Lo admito! Quería, y lo digo sin paliativos, que mi obra a la que yo, huelga decirlo, tenía por potente y prometedora, causase un gran efecto aquella noche. A menudo se ha dicho así: «Ten cuidado con lo que deseas, porque puede ser que se cumpla» … ¡Acertados pronósticos!

Sí… aquel 25 de febrero del 30 Francia se convirtió en un hervidero ¿Si era aquello lo que buscaba, me preguntan? Lo ignoro. Diré, en mi defensa, que aún me hallo bastante conmocionado como para hablar con claro raciocinio y perspectiva del hecho en cuestión.

Aquella noche pudieron sacarnos de ahí, única y exclusivamente, gracias a la inestimable ayuda y protección que nos brindó la gendarmería francesa. Acaso alcanzaré a describir tamaña vorágine ¡Dejemos que sea mi reputada pluma la que hable!:

Muy a menudo, quizá con más frecuencia de la que creemos, el caos gusta de burlarse a nuestra costa. Algunas veces, en verdad que hay seres impúdicos, mirándonos a los ojos mientras, con su obscura y etérea lengua, nos hace una mueca de recochineo.

Aquella tarde, no sé si mi cerebro podrá olvidar semejante suceso mientras viva, los diablos que acostumbran a celebrar sus orgías en el Infierno se cosificaron en un ser verdaderamente espantoso ¡Querer ponerle nombre a ciertos entes malignos es ser demasiado impertinente!

El Belial que tan intimidantemente danzó sobre el tablado aquella noche no puede ser nombrado, mas, tal vez si pueda ser descrito. Toda sedimentación es lenta. El crecer de un árbol viene a durar quizá siglos. Si hemos de concretar, diremos que aquella orgía de las tinieblas comenzó con el público levantándose de sus butacones, en unos casos, y de sus palcos en otros; a fulgurante movimiento le siguieron unos instantes, breves, de tenso silencio. De súbito lo que hasta hacía apenas unos momentos había sido espectador, decidió, pacto tácito, convertirse en huracán… las sillas volaron, los sombreros volaron, los zapatos volaron, en este último caso, raudos a clavarse en los espinazos del prójimo. La dignidad humana, sí, voló también un poco aquella fatídica noche.

Más que una platea aquello parecía un campo de batalla. Tetrapléjicos, deformados, lisiados, amputados, en suma, heridos de toda índole… Fue entonces cuando la siempre eficaz policía francesa nos sacó de allí.

Mientras me iba, aún hoy lo recuerdo, aquel Satanás tuvo la inmensa descortesía de atreverse a mirarme. Un contemplar que, no diciendo nada, lo decía todo al mismo tiempo. Hay miradas que bisbisean al oído. «¡¡Tú me has creado!!», me susurró con su informe y espectral sonrisa ¡Oh, sombrías palabras!

Si la memoria no me falla, dejo ya atrás mi descripción, aquella noche, mientras nos sacaban de ahí a la carrera, dos efectivos de la ley y el orden sostuvieron el siguiente diálogo, del cual, como buen escuchante que gusto de ser, me mantuve al margen.

—Señor, ¿lo hemos conseguido?

—Eso parece.

—¿Está a salvo, Lord Hugó?

—Por fortuna, sí.

Seguíamos corriendo. Mientras lo hacíamos, mientras nos alejábamos de aquello, pude contemplar con estupor cómo un no pequeño grupo de aquellos hombres ponía su vida en juego para, cerrándose como escudo humano, protegernos. No sé qué fue de aquellas buenas gentes. Durante años recé al buen Dios para que hubieran salvado la vida.

Innegablemente, en París, ciudad del mundo, hay noches muy oscuras ¿Qué palabras puede pronunciar, acaso, un dramaturgo cuando en vez de ser aplaudido por manos, es aplaudido por sillas, zapatos, sombreros o crujidos vertebrales?… Aún hoy cavilo a su respecto.

Diario de Víctor Hugo
a 26 de febrero de 1.830 (1)

(1) El estreno de Hernani, de Víctor Hugo, provocó un escándalo en el mundo de la dramaturgia. Escándalo que iba a convertirse en el perfecto escudero para la inmediatamente posterior Revolución de julio de 1.830 (Verjat, 2002, pág. 81). 

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