Cuentos de circo

Ricardo Osorio Jones Parra

Jorge está conduciendo y se dirige a toda velocidad contra un muro. Lo miro desde el asiento de atrás en el coche de Paco, y lo primero que pienso es que no tiene cinturón de seguridad. Joder y ya le estaba cogiendo cariño al chaval. No sé si le queda suficiente tiempo para frenar antes de que nos estampemos contra ese muro. Esa sería una mejor solución a la situación, sin duda, pero si pasa lo que tiene que pasar, que Jorge no frene y nos demos contra el muro, es que el tío va a salir volando por la luna y hasta luego.

Paco está al lado de Jorge, inconsciente. Muy Paco, totalmente ido en los momentos más críticos de la vida. Paco, tío espabila que te toca dar un brindis por los novios. Nada, el cabrón inconsciente en un sofá. Nos saltamos esa parte de la ceremonia. Juliana me montó el pollo de siempre. Te lo dije, cómo vas a poner a ese impresentable de padrino de nuestra boda. Paco, tío espabila que nos ha detenido la policía, actúa normal. Nada, el tío nos hizo caer a todos porque no podía ni decir su nombre. Ahora Paco está al lado de Jorge, en posición de controlar el coche para salvar nuestras vidas, y qué puta sorpresa, Paco está inconsciente.

Desde que empezó esta noche sabía que las cosas iban a ir a mal. Paco que conoce un lugar buenísimo, que le ponen vodka a media botella de cerveza. No entendí el concepto. ¿Cogen un botellín vacío de cerveza y le ponen vodka hasta la mitad? No, subnormal, que a la botella de cerveza le quitan un poco y la rellenan con vodka. Recordando la manera en que Paco tiende a responder a mis preguntas, pienso fugazmente en soltarle el cinturón de seguridad a él también. Que salga volando con Jorge, a ver si le da tanta gracia. Subnormal.

Después de seis cerveza-vodkas, Paco que conoce un lugar donde el whiskey es baratísimo. Fuimos en su coche hasta las afueras de Madrid. Nunca he entendido como hace Paco para que nunca le pille un control. En su puta vida le han hecho un control de alcoholemia. Y yo que soy un santo, y me han pillado ya tres veces. Llegamos a su súper punto y es un circo. Pero olvídate de Quirós o Price, esto era como si hubieses pedido el circo por Alibaba. Todo tenía un aspecto decadente y olvidado, como si a esta gente la sociedad la expulsó hace décadas. El maquillaje de los payasos estaba corrido y escamoso, los leones asomaban las costillas, el elefante tenía pellejos que le colgaban como un obeso después de hacerse una liposucción. El olor a palomitas de maíz se mezclaba con el aceite reciclado y reciclado y reciclado de las patatas, y con el aliento a alcohol de quemar del escupe fuegos, que ya debe tener el cerebro hecho jalea de tanto aspirar esos gases. Mis pasos crujían el suelo que parecía estar asfaltado por cáscaras de pipas.

Anduve detrás de Paco, que se movía sin titubear, como si conociera ese lugar como la palma de su mano. Como si ya hubiera estado allí. Qué cabrón, claro que había estado allí. Yo ya ni pierdo el tiempo preguntándole cómo conoce y frecuenta estos sitios. Me sentía como atrapado en el tiempo, rodeado de gente olvidada y desechada por una sociedad obsesionada con sus Iphone y sus Instagram, donde el circo ya no es cool, y a ellos nadie les pasó el memo. Detrás de la gran carpa estaban las caravanas, todas oxidadas y con la pintura desconchada, donde esta gente hacía vida. Me miraban mientras andaba detrás de Paco, obviamente suspicaces. ¿Qué hacían estos dos tíos, sin críos, a esa hora, por un circo? Yo tampoco tenía idea.

Entre varias caravanas, se encontraba una con una especie de toldo, que se abría como un foodtruck, con varias sillas y mesas de plástico enfrente. Paco: este tipo es un irlandés que monta y desmonta las caravanas y las tiendas del circo, y además tiene este bar para los cirqueros. Que trae whiskey irlandés buenísimo bajo cuerdas, baratísimo. Cinco euros el trago. El chollo del siglo. Insisto, ya yo ni pregunto cómo Paco llega a estos lugares.

Miro el muro enfrente que se aproxima a nosotros a toda pastilla y Jorge sigue sin hacer nada para frenar o evitarlo. Paco sigue inconsciente, y yo sigo atrás sentado en el coche como un espectador, viendo la colisión inminente, ¿y en qué pienso? En crema humectante. Mientras nos tomábamos los whiskies (que sí, está bien, estaban buenísimos y baratísimos, no se lo niego a Paco. Cabrón ese…) los cirqueros iban y venían a nuestro bar improvisado. Al tercer whiskey se sentó delante de mí «La mujer más gorda del mundo» según su rol en el espectáculo de los payasos, y lo primero que pasó por mi mente fue, crema humectante por favor. Tenía un sujetador diseñado para amplificar unos senos ya pasados de grandes, y el constante roce entre ellos evidenciaba un sarpullido.

Yo he visto mujeres mucho más gordas en centros comerciales de Estado Unidos, le dije. Gracias guapo, me respondió con un guiño, aunque no era un piropo, era una crítica abierta a su afirmación de título ficticio. Paco estaba discutiendo con el lanzador de cuchillos, que ya estaba pasado de tragos también, algo de que los cuchillos de Toledo y tal.

Al quinto whiskey se me sentó delante un payaso que entrenaba perros. Le pregunté que si alguna vez había sido político. No sé por qué, no suelo preguntarle eso a los desconocidos, pero algo en su cara me insinuaba una caída en desgracia. ¿Cómo lo supiste?, me respondió. Había sido alcalde de un pueblito cerca de Alicante, ya no recuerdo el nombre. Una guerra es lo que necesitan los chavales de hoy en día, me dijo. No entre nosotros, como quieren los políticos estos nuevos. Pelearnos entre nosotros mismos sería la peor gilipollez. El maquillaje estaba corrido por el paso del sudor y las lágrimas, y tenía el tope de la cabeza calva, con largos rizos negros y grasientos que le salían de la parte de atrás. Que vengan unos árabes y tomen el puerto de Barcelona, a ver si nos espabilamos y entendemos que todos somos españoles, me dijo. Que vengan los chinos e invadan a Bilbao, a ver si seguimos con las estupideces de les gallines y quemando nuestras banderas. Hace falta una guerra contra unos de afuera para que se endurezcan estos chavales de cristal y dejen de andar tan ofendiditos mientras se ríen de sus memes. Joder, me salió serio el payaso.

En eso oí a Paco y al lanza cuchillos en una discusión. Paco que si él clavaba el cuchillo más cerca de la diana, se llevaba su mono, que hacía las de ayudante en su espectáculo. Si ganaba el lanza cuchillos, se llevaba el coche de Paco. Yo le increpé, y él dijo que tranquilo, que el tipo está doblado, no puede ni mirar recto. Yo le dije que vale, pero que él hace esto para vivir, que seguro lo hace con los ojos cerrados. Confía mi, me dijo. Yo le dije que vale, pero si pierde ¿cómo cojones nos vamos a casa? Él que no va a perder. Yo le dije que vale, ¿pero qué demonios vamos a hacer con un mono? Paco: es cuestión de principios, tiene que ser algo que le duela.

El muro ya está a doscientos metros y en este coche a nadie le importa. El coche de Paco es de esos viejos-viejos, que el asiento de adelante es completo, como un sofá, y yo estoy incomunicado de ellos dos acá atrás. Estamos a segundos de clavarnos contra el muro y yo parezco un loco sobre reaccionando con mis gritos, como si fuera yo el único que no entiende lo que va a pasar. Jorge sigue conduciendo sin frenar, y soy yo el desubicado.

Paco y el lanza cuchillos se colocaron a diez metros de la diana. Paco cogió el cuchillo, y sin siquiera hacer un movimiento de práctica, lo lanzó. ¿Qué va a pasar? Obviamente, no llegó ni cerca. Lo clavó en la diana de al lado. Descalificado. Confía en mi. Tranquilo. Cabrón.

El lanza cuchillos echó una corta carcajada y se colocó en posición. Éste si midió e hizo varios movimientos de práctica. Joder, es un profesional. Lanzó el cuchillo y lo pegó justo en el medio de la diana. Pero del lado equivocado. Pegó el cuchillo directamente con la cacha y éste rebotó rápidamente hacia Paco, y se le clavó en el gemelo derecho. Clavado-clavado, que le salía la punta del otro lado como en Arma joven.

Justo en ese momento es que me di cuenta de cuánto ruido y bulla hacía en ese pequeño bar de fenómenos olvidados, ya que justo en ese momento todo se volvió un silencio absoluto. Todos se quedaron mirando la pierna sangrante de Paco, y yo podía intuir que cada uno estaba sacando el mismo cálculo en su cabeza, si les daba suficiente tiempo para desmontar su tienda y largarse de allí antes de que llegue la ambulancia con policía.

Paco rompió el silencio con una gran carcajada.

¡Gané!, gritó con las manos al aire en celebración de victoria.

Para ser justos, el lanza cuchillos sí lo pegó en el medio de la diana, pero su ubicación final estaba bastante más lejos que el cuchillo de Paco…

El lanza cuchillos se despidió muy emotivamente del mono. Se nota que lo había criado desde bebé y lo había entrenado bien para pasarle los cuchillos. Tenía un pañal un poco grande, y una tristeza en los ojos que me partía el corazón.

Bueno, bueno, ya déjense de mariconadas, nos vamos, exigió Paco. A mitad de camino, Paco llevando al mono de la mano como a un crío, éste se detuvo bruscamente y se volteó para ver por última vez a lo más cercano que había tenido a un padre. El lanza cuchillos estaba desmoronado en lágrimas. ¡No me olvides!, le gritó. ¡Te encontraré, Jorge!

Y en un plis plas nos habíamos pirado de ahí, con una borrachera monumental y con Jorge. Paco lo sentó de pasajero y yo atrás. No habían pasado ni cinco minutos cuando el mono sacó uno de los cuchillos de su amo, que tenía guardado dentro del pañal, y de un solo tajo le cortó la garganta a Paco, y mientras éste se desangraba, se puso a jugar al conductor.

Qué gilipollas yo, preocupado por el cinturón de seguridad y es que las patas ni le llegan al freno.

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