Caperucita Roja

La niña sale del portal.

Apenas tiene cuatro calles hasta la casa de su abuela. Conoce el camino de haberlo recorrido mil veces antes, pero se siente incómoda. Esta es la primera vez que lo hace con la sangre resbalándole lentamente allí abajo.

No debería sentirse incómoda. Es algo natural. Tan solo que ha dejado de ser niña y es una mujer. No pasa nada. O al menos eso dicen en YouTube.

Espera que su madre no se lo haya contado a la abuela. Pero seguro que también se lo nota. “Estas cosas se saben”, le ha dicho su madre. Así que la abuela más.

Mejor se lo cuenta ella misma al llegar y así acaba con la tensión.

La niña lleva una falda roja muy corta. Calcetines hasta las rodillas. Una blusa dos tallas más pequeñas que marca sus pechos emergentes. O si lo preferís, la niña lleva una sudadera grande roja, con capucha. Un pantalón de chándal y el pelo recogido. Nada destacable. Una niña más.

La verdad es que la vestimenta no importa. Ellos lo sabrán. Ellos la olerán.

La niña sigue caminando. Ya solo le quedan dos calles hasta la casa de su abuela y pasa junto a la pastelería de la señora Margarita. Se detiene y admira las ricas magdalenas en forma de flor, los bizcochos de chocolate y las roscas de anís. Podría comprar algo a la abuela. Ella le haría un chocolate caliente y merendarían. Pero, ¿cómo escoger?

La niña percibe un perfume fuerte y fresco. Un hombre muy elegante se ha colocado a su lado y mira el escaparate.

—Tienen buena pinta las rosquillas de anís –dice el hombre–. ¿Las has probado?

La niña asiente.

—Muchas gracias, en ese caso compraré una docena.

El hombre se gira hacia ella y roza su hombro mientras la mira descaradamente, con una sonrisa amplia de dientes blancos.

—¡Uy! ¡Pero si a ti te conozco! Soy amigo de tu padre. Ven, entra conmigo, que te invito a unas rosquillas.

La niña lo mira y tiembla. Es la primera vez que se topa con un lobo. Se fija en sus dientes blancos y en sus labios gruesos. Huele su perfume caro y embriagador. Y casi puede saborear la deliciosa rosca de anís en su propia boca.

Pero la niña no tiene padre. Y sabe que debe huir.

La niña sale a la carrera. Corre dos calles, dobla la esquina, coge la llave del portal de su abuela y lo abre.

La niña descansa en el rellano antes de llamar al ascensor. El corazón golpea su pecho. Todavía puede oler el perfume.

La niña llama al timbre de casa de su abuela y abre la puerta con la llave. Nadie contesta. Qué extraño. Se acerca a la mesa del comedor y encuentra una nota amarilla: “Estoy en el veterinario con la vecina. Su gato ha aparecido malherido”. La niña va a la cocina y ve el cazo con chocolate preparado para calentar. Por un momento, sonríe.

La niña escucha el timbre de la puerta y mira por la mirilla.

—Hola. Soy el hijo de la vecina del gato.

Al otro lado, un chico joven de dientes blancos y sonrisa de infarto.

La niña abre sonrojada.

No sabe que la vecina no tiene hijo.

No sabe que el gato ha sido un señuelo.

No sabe que el chico es un lobo que ha estado cazándola y que aquí se acaba su cuento. 

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