A través de la pared

Ha sido uno de los días más largos de mi vida. Mi coche y yo estamos deseando llegar a casa, aunque parece que él se conduce casi solo. La carretera está oscura y las farolas se van sucediendo una tras otra. Entretanto, mis nervios van templándose mientras disfruto del Bohemian Rhapsody de Queen a todo volumen. Me calma.

Por fin la oscuridad va dejando lugar a la luz de los edificios colindantes al mío, y según estoy más cerca, me siento más cansado.

Números 5, 7, 9… llegué. Con el mando abro la puerta del garaje y ya casi soy capaz de sentir el agua cayéndome sobre la nuca. De verdad, que hoy más que nunca necesito una ducha. Iré primero a dar las buenas noches a Carla, a su habitación, seguro que sigue con la nariz metida en un libro. Mi esposa habrá amenazado con un castigo «horrible» si no apaga pronto la luz, pero mi pequeña ama leer, y yo sonrío al pensar en la ternura que me genera esa imagen.

Según entro en el parking, y antes de comenzar a maniobrar, mi nivel de alerta se despierta. Algo no va bien. En el hueco para mi coche, hay otro vehículo. El intruso que me aleja de mi oasis en el tercer piso es un Citroën como el mío. Me froto los ojos, no puede ser, tiene la misma matrícula.

Ahora es cuando mi cansancio pasa a un segundo orden, ya que lo que veo no cuadra en absoluto, y mi cabeza no es capaz de encontrar una explicación a lo que veo.

-¿Qué está ocurriendo? -me pregunto desorientado.

Apago el motor y abandono el coche mientras corro hacia el ascensor. Llego al descansillo de mi piso y a través de la puerta oigo las primeras notas de mi canción fetiche, la misma que hace unos minutos sonaba en mi coche.

Meto las llaves en la cerradura, no sin cierta dificultad, ya que mis manos tiemblan.

Todo parece normal, como cualquier otra noche a esa hora, la música suena suave, mi esposa estará junto a su ordenador con una copa de vino cerca, mientras escribe la que será su próxima novela.

Pero en la habitación de Carla, se oyen susurros y risillas. Una de las voces es masculina. Lo que estoy viendo no tiene sentido. El vello de mis brazos se ha puesto de punta y la sangre se ha enfriado dentro de mi tembloroso cuerpo. Me veo a mí mismo revolviendo el pelo de mi chiquilla mientras dejo su cuento en la mesita de noche. Ella sonríe a la vez que sus ojos se van cerrando y aprieta la mano de ese hombre que parezco yo.

¿Cómo puede ser? ¿Quién es? Intento gritar, chillo desgañitándome. Nadie me escucha. Me encuentro encerrado al otro lado de una pared invisible, como un simple espectador. La golpeo, destrozando mis nudillos. Los oigo, y ellos a mí no.

La ansiedad y la angustia me ahoga. Las lágrimas corren por mi rostro. El aire comienza a faltarme, y todo se funde a negro.

Y yo, que solo soñaba con darme una ducha caliente…

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